Los últimos días de Venustiano Carranza
La madrugada del 7 de mayo de 1920, algo macabro se respiraba en el caserón porfiriano de la calle Lerma. La muerte se paseaba por los salones, la biblioteca y las habitaciones de la hermosa construcción de estilo afrancesado alquilada por Venustiano Carranza sólo seis meses antes.
Para el presidente de la república la situación no podía ser más dramática: la rebelión de Agua Prieta, acaudillada por Álvaro Obregón, Plutarco Elías Calles y Adolfo de la Huerta, se desarrollaba con fuerza incontenible en la mayor parte del territorio nacional. Era un hecho, los días del régimen carrancista estaban contados.
La noche del 6 de mayo en la casona de Lerma esquina con Amazonas había un movimiento inusitado. Carranza tomaba sus providencias para un largo viaje. Sus ayudantes subían y bajaban con papeles en mano, decenas de documentos eran archivados, se dictaban telegramas, se recibían partes militares. La víspera, el presidente había decidido evacuar la ciudad de México y marchar con todo su gobierno rumbo a Veracruz, donde intentaría recuperar el control del país como lo había hecho exitosamente en 1915. Durante algunas horas la capital fue devorada por el caos.
Desde las primeras horas del 7 de mayo, los silbatos de las locomotoras de la estación Colonia rompieron el silencio de la colonia Cuauhtémoc. A las puertas de la mansión porfiriana, la servidumbre, los curiosos, algunos partidarios y las hijas de Carranza, Virginia y Julia, despidieron al Primer Jefe. Don Venustiano las abrazó y antes de partir expresó su última voluntad: “Si por desgracia muero y me traen a México, no quiero entierro suntuoso. Que me entierren entre los pobres”.
Carranza se veía sereno y confiado. Se preparaba, una vez más, para hacer frente a la historia. El portón de la casa fue cerrado. Estaban por cumplirse los seis meses que don Venustiano había pagado por adelantado para habitar, acompañado de su dolor, la hermosa construcción.
La noche de Tlaxcalantongo
Sin duda alguna, sabía ser “el señor presidente”. Desde los tiempos de don Porfirio, nadie había logrado ejercer el poder y la autoridad con la naturalidad con que lo hacía Venustiano Carranza. En su obsesión por consolidar el estado revolucionario acabó con sus enemigos y jamás le pasó por la mente la frase popular: “quien a hierro mata, a hierro muere”.
Al acercarse la sucesión presidencial en 1920, el destino le pidió cuentas. El hombre visionario, que conocía la historia de México al detalle, no tuvo una adecuada lectura de los tiempos políticos y violentó su propia historia: impuso por todos los medios a su alcance, a un candidato civil de nombre Ignacio Bonillas cuya mejor virtud era el apodo con que se le conocía: “flor de té”.
Una serie de desencuentros con Carranza sirvieron de pretexto a los sonorenses para desafiar al gobierno federal. El 23 de abril, de la Huerta y Calles promulgaron el plan de Agua Prieta y se levantaron en armas contra el presidente -Obregón, perseguido político del régimen carrancista, se sumó al movimiento para encabezarlo.
Si en 1913 Carranza había logrado reunir a la mayor parte de los revolucionarios en torno a su persona, en 1920 logró hacerlo pero en su contra. La rebelión se generalizó en el país entero. Grupos de todos los rincones de la república se levantaron “como un solo hombre” en contra del viejo. Carranza recurrió a la historia: al igual que en 1914 intentaría establecer su gobierno en Veracruz, reorganizar a su ejército y dar nuevamente la batalla contra sus enemigos.
“Traicionado por todos sus antiguos amigos --escribió el periodista Vicente Blasco Ibáñez-- rodeado de fuerzas enemigas, cortado el camino de su retirada a Veracruz, desbandadas las tropas que aún le quedaban fieles, otro se hubiese entregado fatalistamente a su destino. Pero la principal virtud de Carranza es la tenacidad, una tenacidad vencedora del tiempo y del espacio, y despreciadora del destino. Es casi seguro que sus enemigos, infinitamente más numerosos, acabarán por prenderle. Hay que reconocer que Carranza se defiende contra la desgracia de un modo heroico”.
La historia le dio la espalda. Luego de varios días recorriendo los desfiladeros de la sierra de Puebla, soportando la intensa lluvia tropical, padeciendo el terrible calor y con la posibilidad de encontrar al enemigo en cualquier momento, Carranza y un pequeño grupo de leales llegó a Tlaxcalantongo. Era cerca de la media noche del 20 de mayo de 1920. Antes de conciliar el sueño pensó por última vez en la historia, en sus desconocidos designios, en sus caprichos que mueven la voluntad de los hombres. Consciente de su situación, con cierto pesimismo se le escuchó decir: “Digamos como Miramón en Querétaro: ‘Dios esté con nosotros las próximas veinticuatro horas”.
Cerca de las cuatro de la madrugada del 21 de mayo, un grupo de hombres armados encabezado por Rodolfo Herrero, disparó furiosamente sobre la choza donde descansaba Carranza. Don Venustiano recibió 5 tiros que le quitaron la vida luego de unos instantes de agonía.
Ante un cadáver
El cuerpo, mal embalsamado, llegó a la ciudad de México en una austera caja de madera. Eran las seis de la mañana del 24 de mayo cuando lo desembarcaron en la estación Colonia. El cadáver fue colocado en un ataúd forrado de terciopelo negro; la bandera mexicana que lo acompañaba desde Villa Juárez, Puebla --donde se realizó la autopsia--, sirvió de mortaja. Había vuelto el Primer Jefe. En la casa de Lerma, los familiares esperaban la entrega del cadáver.
Nadie daba crédito a lo sucedido: don Venustiano Carranza había caído asesinado por sus enemigos. Y aunque Obregón y Calles, jefes de la rebelión contra Carranza, se deslindaron de inmediato del crimen y ordenaron una “exhaustiva investigación”, la vox populi los señalaba como autores intelectuales del magnicidio. La sala de la casona fue acondicionada como capilla ardiente --con los años, la mayoría de los Constituyentes de 1917 serían velados en el mismo sitio--. Miles de personas acudieron a despedir a don Venustiano, al Primer Jefe, al viejo de la barba florida, como le llamaban.
La gente del pueblo apenas hablaba para decir “ha muerto nuestro padre”. Afuera, sobre la calle de Lerma, se reunieron cerca de cincuenta mil personas que acompañaron el cortejo fúnebre hasta el panteón de Dolores, donde, el mismo día 24, el antiguo gobernador de Coahuila fue sepultado en una fosa de tercera clase, como había pedido a sus hijas dos semanas atrás.
Nadie reparó en ello, pero la muerte acompañó a Carranza durante los seis meses que habitó la casona de Lerma. Cuando llegó a ocuparla en noviembre de 1919, la fatalidad había tocado a sus puertas. Don Venustiano alquiló la casa unos días después del fallecimiento de su esposa, doña Virginia Salinas, ocurrido el 9 de noviembre.
Carranza se estableció en su nuevo domicilio acompañado por Julia, su hija.
Y aunque dispuso de la gran biblioteca --con sus 833 volúmenes-- e incluso acondicionó un pequeño cuarto como oficina para su secretaria, pocas horas pasó Carranza en la casa, su vida cotidiana transcurría en Palacio Nacional. Mientras lo permitieron las circunstancias políticas, Virginia, su otra hija, y su marido, el general Cándido Aguilar, lo visitaban los fines de semana y se hospedaban con el viejo. A don Venustiano poco le duró el luto y días antes de partir para Veracruz contrajo nupcias nuevamente.
No llevó a su nueva esposa a vivir a la calle de Lerma. Permaneció unos días más acompañado sólo de sus pensamientos, en la soledad de la casa. Quizá por un instante vislumbró su trágico destino y tomó una extraña decisión. Sacó de la caja fuerte de la biblioteca el plan de Guadalupe original --aquel que firmó el 26 de marzo de 1913 y con el cual se autonombró Primer Jefe de la revolución constitucionalista--, lo enrolló y lo escondió en el tubo de una de las camas de latón que había en la casa. Nadie volvió a saber del documento original hasta que fue hallado de manera fortuita, por su hija, al mover la cabecera cuarenta años después.
Pero en la casona Carraza se encargó de invocar personalmente a la muerte. A pocos días de haberla ocupado, recibió la noticia de la captura de Felipe Ángeles. El otrora general villista colaboró con Carranza entre 1913 y 1914, pero al unirse a Villa y sobrevenir la ruptura con el Primer Jefe había firmado su sentencia de muerte. Don Venustiano sabía que Ángeles era un hombre cabal y brillante, el último maderista; sabía que tenía en sus manos la vida del general --el indulto presidencial podía salvarlo--; y sabía que, curiosamente, su enemigo había vivido en la misma casa de Lerma durante los días de la Decena Trágica. A pesar de todo, desde la frialdad de su corazón Carranza invitó a la muerte a pasar. El 26 de noviembre de 1919, los disparos del pelotón que segó la vida de Ángeles en Chihuahua, se escucharon hasta en los sótanos de la casa de Lerma en la ciudad de México, donde alguna vez estuvo su cuartel general.
Algo macabro se respiraba en la residencia de Lerma. El Primer Jefe abrió nuevamente la caja fuerte, pero no para sacar otro documento. Extrajo dos reliquias cívicas recuperadas en 1914, cuando triunfó la revolución constitucionalista contra Victoriano Huerta.
Al ocupar la ciudad de México, Carranza había ordenado una exhaustiva investigación para encontrar a los responsables de los asesinatos de Madero y Pino Suárez. Los huertistas no pusieron cuidado en borrar los rastros de la masacre y al abandonar la capital dejaron evidencias por todos lados. En Lecumberri fue hallada la ropa ensangrentada que Madero y Pino Suárez vestían la noche en que fueron trasladados a la penitenciaría y dos pequeños objetos amorfos identificados como “fragmentos de bala extraídos de las cabezas de Madero y Pino Suárez”. Don Venustiano fue informado del macabro hallazgo y conservó las dos balas que mandó montar sobre una base de madera. En los momentos de reflexión, solía sacar aquel objeto fúnebre de la caja fuerte y lo observaba por horas. ¿Se veía a sí mismo con un destino semejante?
La muerte arrendó a Carranza la hermosa casa porfiriana. Paradójicamente, en los días en que fue asesinado, el contrato se venció. Se habían cumplido exactamente los seis meses que don Venustiano pagó por adelantado. La muerte se burlaba, con el tiempo su ropa ensangrentada sería expuesta junto a los fragmentos de bala que le quitaron la vida a Madero y Pino Suárez. Sin casa donde habitar, al Primer Jefe le aguardaba un nuevo domicilio: una fosa austera y solitaria en el panteón de Dolores.